
Los grandes monasterios románicos de Cataluña se levantan a uno y otro lado de los Pirineos. Ellos están en el origen de los centros de civilización, cultura y población que contribuyeron a la formación de Cataluña.
Al sur del Canigó, destacamos el Monasterio de Ripoll, fundado por el conde Wilfredo el Piloso. El abad Oliba fue su principal promotor.
Oliba, miembro de la familia de los condes de Barcelona fue abad de Ripoll y también de Cuixà. Dentro del recinto de Santa María de Ripoll podemos observar los sarcófagos de los condes de Barcelona tales como Wilfredo, Ramón Berenguer III y Ramón Berenguer VI. El monasterio fue mausoleo de la estirpe de los condes, hasta la creación del panteón real de Poblet. También posee un importante pórtico románico.
La evolución de los monasterios de Santa María de Ripoll y de Sant Miquel de Cuixà está ligada, desde la primera mitad del siglo XI, después de que el abad Oliba fuera nombrado abad de ambos monasterios.
Cerca de Sant Miquel de Cuixà, más o menos en la misma época, empezó a construirse el monasterio de Sant Martí del Canigó, Oliba intervino de nuevo en la configuración del monasterio.
A principios del siglo XIX, Ripoll y Sant Martí del Canigó estaban en decadencia. Alrededor de 1900 fueron restaurados, el de Ripoll gracias a la iniciativa del obispo de Perpiñán, Jules Carsalade du Pont, y desde entonces fueron punto de encuentro del catalanismo renaciente.
En la consagración de Santa Maria de Ripoll, Morgades coronará a Verdaguer, autor del Canigó, como poeta de Catalunya.
El poema, editado en 1886, fue recibido con entusiasmo: “Marca el apogeo de las posibilidades creadoras de Verdaguer”. Este poema dedicado a los “Catalanes de Francia” tiene por marco un país centrado y no dividido por los Pirineos, donde está presente el personaje de Oliba.
Bajo la mirada del Canigó nació el fundador de la dinastía catalana y cuenta la leyenda que uno de sus descendientes, el rey Pedro II, mató allí a un feroz dragón.
Fruto del folklore salido de sus comarcas, las melodías conocidas como Montañas Regaladas y Montañas del Canigó se repartieron por todo el territorio nacional.
Desde los años 50, una amplia movilización de esfuerzos ha conseguido la llama del Canigó.
De norte a sur de los Países Catalanes, en el territorio cuna de la nación, una vez al año, en la noche de San Juan, fruto de una iniciativa de Francesc Pujade en 1955, centenares de excursionistas, llegados de todas partes, ascienden a la cima con un tronco de su pueblo, para llevarse la llama.
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